ENREDADOS
Nuria Pozas
Ignacio del Valle
Enredados
La mirada . Nuria Pozas.
La palabra . Ignacio del Valle.
Queremos mezclarnos, reflejarnos, enredarnos.
Deseamos reconocernos, comprometernos, asociarnos.
Nuestra estética es un diálogo, un juego de percepciones.
Nos interesa todo lo que impulsa al ser humano, el amor, el erotismo, la desdicha, la herida, la existencia, la muerte, la belleza.
Contamos historias.
Amantísima
Mater. Sólo tú eres capaz de recitar esos encantamien-tos que calman instantáneamente a cualquier bebé. En tus brazos nos jugamos la vida en cada contorsión y tú, con un gesto automático, primitivo, nos salvas en cada ocasión.
Mater. Salimos del mar, empapados y tiritando, con la luz del sol brillando en cada gota sobre nuestro cuerpo, y tú te acercas de inmediato para frotarnos con vigor y enrollarnos la toalla mientras nos cambiamos y darnos luego el bocadillo de nocilla.
Mater. Tú sabes realmente lo que es la responsabilidad conmovedora, maravillosa e inabarcable de mantener el bienestar de otro ser humano. Fuera de ti hemos crecido menos, arrastramos el dolor de la alteridad autónoma, y nuestro deseo compulsivo de recuperar el paraíso perdi-do, la inagotable fuente de placer y seguridad que fuiste, las ansias edípicas de nuestro bebé interior que exige tu dedicación constante y exclusiva no nos abandonarán jamás.
Mater. Cuando pródigos volvemos a casa, siempre nos provocas una oleada de ternura simple e inconsciente , es agradable volver a verte, fácil, incluso con todos sus inconvenientes. Adoramos el runrún de tus consejos y tus advertencias que no nos molestamos en escuchar pero que nos apaciguan.
Mater. Grande y desconocida, que poco a poco iniciarás el proceso de alejarte de todo, sintiendo cada vez menos haciéndote más menuda, oliendo a leche hervida, con menos pelo y menos caricias, pero que siempre, antes de desaparecer, nos pondrás el abrigo, a tus hijos de sesenta años ya, para protegernos contra la gelidez del mundo.
Mater. Tu nombre es lo que más se escucha en los campos de batalla. Lo que más se pronuncia en los momentos finales.
Mater. Que llenas nuestras neveras y nuestros corazo-nes, que nos haces tortillas de patatas y albóndigas de pollo, y nos lavas y nos reprendes y nos acunas y nos aturdes y nos gritas y nos amas, más que a nada en el mundo, más que a ti misma, más que a Dios, y que por eso te condenarás.
Mater. Qué sería de nosotros, sin ti.
amantisima
Mirar Mujeres
A mí me gusta mirar mujeres. Encuentro un goce en ello, me da felicidad. A Sándor Márai también le gustaba mirar mujeres. En especial a la suya. En su diario dice que a pesar de que su mujer cada día oye menos, y entra con tristeza en la senilidad, y ya no ve la comida, y cada vez aprecia menos los alimentos, y a veces pierde la orien-tación, ella sigue siendo tan guapa a sus ochenta y siete años como lo fue de joven, de otro modo, pero sigue siendo guapa. Márai también dice que no sabe cuánto aguantará su cuerpo, pero quiere estar junto a ella hasta el último momento, ayudarla y cuidarla. Pero, sobre todo, mirarla.
A mí también me gusta mirar mujeres. En cualquier ocasión, pero sobre todo cuando se prueban zapatos. Porque para ellas los zapatos no son accesorios, sino un atributo de su femineidad, de su anatomía. Y cuando ellas se los ponen es como si se desvistieran, son un elemento más de su desnudez.
Hagan la prueba. Que sus chicas se desnuden y se coloquen en la cama con un bolso o un sombrero y verán que son mujeres desnudas con bolsos y sombre-ros. Ahora que se acuesten con unos zapatos de aguja y sólo verán a una mujer desnuda. Y qué me dicen de mirar mujeres cuando ellas se miran a sí mismas mien-tras se prueban los zapatos. Eso ya es algo litúrgico, amigos.
Tienen que darse cuenta de que ellas, cuando analizan su figura frente a un espejo, no empiezan nunca en los pies, sino que hacen un recorrido visual que empieza en la cabeza y acaba en los zapatos. Porque primero comprueban el efecto que causa la elevación de los tacones en su anatomía, y después miran los tacones. Resulta maravilloso su interés por ver cómo han cambia-do los puntos de gravedad de su figura, cómo se han espigado. No me digan que no es sublime.
No, nunca me cansaré de mirar mujeres, se lo aseguro, de admirar su sentido de la observación, su intuición. De ver cómo se ponen y quitan sus zapatos de tacón con esa forma de comunicarse que nunca entendere-mos, como si nos recitasen poemas en un cadencioso y dulce idioma extranjero. Y cuando las pilas se nos ago-ten y nuestras linternas parpadeen, y sintamos la muerte como algo ya no meramente intelectual y nos rodeen los medicamentos y los desmayos y los mareos, yo mismo ayudaré a mi chica y la cuidaré hasta el último momento, pero sobre todo le probaré los zapatos cuando ella no pueda y miraré su desnudez de ochenta y tantos como si fueran veinte, porque seguirá siendo guapa, de otro modo, pero lo seguirá siendo. Quién podría dejar de hacerlo.
mirar mujeres
La Secta
Es algo más antiguo y profundo que las novedosas y superficiales cirugías aderezadas de antioxidantes, cremas celulares, inyecciones de bótox, radiofrecuen-cias, cosmocéuticos.
Somos una nueva secta alérgica a la edad, que desafía al decreto ley de los radicales libres, y lo hacemos dentro de la tradición humana del control, la individua-lidad y el poder de la voluntad. Lo imposible siempre ha sido la medida del hombre, y nosotros queremos estar por encima de la naturaleza, es para eso para lo que se nos ha traído al mundo. Y al fin hemos encontrado un digno enemigo: el tiempo.
Esquivar su mordedura, torear al morlaco de la vejez, trucar la tómbola genética, tunear el modelo de serie, corregir el diseño divino. Crearemos una nueva arquitectura epidérmica que iluminará todos los turbios y solitarios complejos, una comunidad que ejercerá para siempre la irracional autoridad de la belleza, su imperio absoluto, cruel, antidemocrático.
Rendiremos culto a ese dios que odia lo marchito, lo vetusto, lo decrépito, lo reseco y que sentencia a través de los espejos; adoraremos los músculos entrenados, la exterioridad, los tendones esplendentes, la fascina-ción de la contemplación. Hasta que, finalmente, gobernaremos esta hipertrofia volitiva hasta el punto que nos permitirá enfrentarnos al absoluto y trasplantar nuestros cerebros a nuevos cuerpos tersos y tensos creados ex profeso, y más adelante, en otra contorsión genial, descargar nuestras mentes en máquinas derrotando las servidumbres biológicas, viviendo en sistemas virtuales, universales, ilimitados. Sí, por fin, la inmortalidad.
la secta
Dias de cerveza y rosas
En el interior del alcohol todo es una inmensa bola de cristal. Levedad, acronía, fragilidad. La falsa alegría que les proporciona enmascara el aplastante infierno que ya les espera.
Ninguno de los dos acaba de comprender por qué últimamente las discusiones se han agudizado; piensan en ellas de la misma manera que cuando te haces una herida: te preguntas miles de veces cómo ha sucedido, pero es algo que no se busca, simplemente no se puede evitar. Y lo extraño es que hay amor, una especie rara, singular.
Pero, mientras, en el interior del alcohol todo es una inmensa bola de cristal. Levedad, acronía, fragilidad. Y ella sonríe, vuelve a ser como antes, reaparece esa sutil fuerza magnética que un cuerpo ejerce sobre otro; y planean esa fuga que siempre tienen a medias, no a un destino exótico ni lejano espacialmente, sino idealmente: una casa, en la playa, donde poder cerrar las puertas a la vida y reventarle las narices, donde sabrán que allí no puede entrar, y luego, no hacer nada del otro mundo, aunque estén en él: cocinar, hacer el amor, pasear por la arena, mirar el mar... diez años, veinte años, cien mil años, sin problemas.
Sin embargo, ahora basta una frase para que las cosas comiencen a torcerse, una frase a partir de la cual se empieza a sentir el rencor de ir cediendo terreno, se ve cómo las buenas intenciones caen en saco roto y todas las palabras son tergiversadas.
Aunque allí estaban, uno frente al otro, conversando mientras el alcohol mezcla luz y aire en proporciones exóticas, ocultándoles esa tristeza árida, ese furor sin dirección, porque sí, porque todo es levedad, acronía y fragilidad, en el interior de ese alcohol donde les estallará una inmensa bola de cristal.
dias de cerveza y rosas
Ellas
Ellas nos huelen, señor, mucho, mucho antes de atender a nuestro torso, nuestro rostro o nuestras palabras, ellas nos huelen, chequean nuestro sistema inmunológico de una manera inconsciente, a metros de distancia, para calibrar las ventajas competitivas de su hipotética prole.
Ellas sólo quieren hombres que luchen, señor, si usted no lucha puede creer que está con ellas, pero ellas no están con usted, créame. Puede usted empatar, puede usted perder, una y otra vez incluso, pero si lucha seguirán con usted, en todas las derrotas, igual que en todas las victorias; lo único que no perdonan es que usted no luche, señor.
Ellas necesitan verse más grandes, más inteligentes, más guapas en sus ojos, porque ellas desean devolvérselo, señor. Ellas quieren creer que son especiales para usted y hacerle creer que usted también lo es. Si no le admiran, aquí se acabó todo, señor.
Ellas, ellas, ellas saben que no existe la armonía, sólo pedazos de armonía, pero esos pedazos se los exigirán con la usura de los decimales. Ellas conocen que una relación es cualquier cosa menos lo que se lee en los cuentos de hadas, que los arquetipos minan nuestras relaciones, por eso desean compartir, los problemas y la gloria, la ansiedad y el deseo.
Ellas le requerirán complicidad, señor. Y que las folle durante toda la noche, y que les dé mimos durante todo el día, y que las cubra de besos el resto de su vida. Lo quieren todo, señor. Ellas, ellas anhelan que estemos en guardia, pero que la bajemos de vez en cuando, es tierno, es romántico, señor, que ellas sepan que les confía su debilidad. Si su idea de la diversión es prolon-gar su adolescencia, olvídese de ellas, señor, y vaya a cazar Wendys, porque ellas demandan compromiso, cómo si no enfrentarse a una vida en la que todo es negociación o pelea. No quieren estar solas ante la vida, señor. Nosotros tampoco.
Ellas quieren ver cómo se arriesga, cómo da el primer paso, cómo pasa el apuro, el peligro, la inseguridad de pedirles una cita, quieren saber si tiene el valor, si posee la constancia, si será de fiar. Ellas reclaman que les quitemos la razón cuando no la tienen y cuando sí, que las hagamos pensar. Y eso es el amor, señor: no dorarles la píldora. Pero, sobre todo, hágame caso, llámelas al día siguiente, señor, de tomar un café, de ir al cine, de hacer el amor, de una discusión, de lo que sea. De lo que sea. Que sepan que, al menos, valió la pena. Lo que sea.
ellas
Carne humana
Se llama Irina. No tiene trabajo y vive en una ciudad de Bielorrusia o de Moldavia o del Transniéster o de Ucra-nia. Está contenta, haciendo las maletas para viajar a una ciudad que puede ser de Israel o de España o de Alemania o de Italia.
No tiene un duro, y su familia menos que un duro, pero una amiga que trabaja en Occidente le ha ofrecido un buen empleo como limpiadora o camarera o modelo o secretaria. Una vida mejor, un futuro sostenible. Al otro lado del teléfono a su amiga la encañonaban con una Glock obligándola a ejercer de gancho, pero evidente-mente esto sólo lo sabe el narrador de esta historia.
Irina también puede ser una chica raptada directamen-te, o una niña reclutada en cualquiera de los orfanatos a reventar del bloque del este. A Irina le han consegui-do un billete de avión, un visado y un poco de dinero. En el aeropuerto de llegada le esperará uno de esos hijos de puta con el pelo rapado al uno, un cuello de toro y cadenas de oro, cerrándose la trampa. De inme-diato se le retirarán todos los medios para viajar, se la desnudará y se la examinará como ganado para venderla.
Después se le comunicará que su precio ha sido tanto y que tiene que devolver el doble a sus dueños, y para ello trabajará todos los días, esté enferma o con la regla, en un peepshow, club de streaptease, casa de masajes, en la orilla de una carretera... es decir, que será violada por cientos de hombres al año, gordos, viejos, jóvenes, policías, marineros.
Si se pone farruca, se la internará en un centro de sometimiento donde la golpearán y la violarán y le harán cosas que a usted y a mí nos harían vomitar, lector. Allí quebrarán su voluntad y su espíritu de una forma inexpresable. Eso si tiene suerte, porque a lo mejor le toca cruzar uno de esos desiertos alcalinos del norte de África, en un trayecto donde puede morir deshidratada o por la violación en grupo de los beduinos encargados de la travesía.
En su día a día recibirá alguna que otra hostia o mutilación o forzamiento anal o simplemente le pueden pegar un tiro, así, como quien va a comprar el pan. También podrá contraer el sida o alcoholizarse o engancharse a las drogas. Lo más seguro es que en un par de semanas su psique quede desmantelada de por vida.
Esto es lo que hay detrás de esa chica simpática y complaciente llamada Irina que usted y yo podemos comprar por una hora si nos vamos de putas. Una esclava. Violada, vejada. Aplastada.
carne humana
Tres monos místicos
Son los tres monos místicos, Kikazaru, que no oye, Mizaru, que no ve, e Iwazaru, que no habla. Deben delatar a los dioses las malas acciones que les rodean, un sordo que le cuenta lo que ve a un ciego que le remite lo que oye a un mudo que ha de decidir el castigo a los desafortunados y observar que se cumpla. Pero, ¿dónde se interrumpió el circuito?, ¿cuándo se cortó la comunicación?
En su isla el mal ha montado un absurdo teatro de títeres, todos los días se da gato por liebre, confunden de continuo la realidad con el deseo. La mordaza, el silencio, el escarnio, el hambre. La evolución, la dicta-dura, la tiranía. Kikazaru, ¿no lo oyes?, Mizaru, ¿no lo ves?, Iwazaru, ¿no lo cuentas?
Hace ya más de cincuenta años que están así, aguar-dando recompensas de paraísos terrenales y oliendo las pestíferas promesas gangrenadas, entre mil sístoles de ron y risas ahogadas, bajo un cemento de interés, estupidez y miedo. ¿Dónde se interrumpió el circuito?, ¿cuándo se cortó la comunicación?
Kikazaru, ¿por qué no oyes que el futuro es histérico y global?
Mizaru, ¿por qué no ves a todos los marrulleros, fraudulentos, tiranos y palabreros?
Iwazaru, ¿por qué no cuentas que no hay nada como el miedo para paralizar y anular a la gente?
Ese miedo que se introduce en sus mentes, ese miedo que crece y se multiplica, ese miedo que abre una puerta a otro miedo y ese a otro miedo y ese a otro miedo y ese a otro miedo y ese a otro miedo...
tres monos místicos
Que veinte años no es nada
Sé que es un sentimiento improductivo, disgregador, impregnado de fatalidad, que sólo puede entenderse como una fuerza que trasciende la voluntad, como un impulso que aniquila anhelo y obligación, que exige un penoso tributo, que incluso puedo perder la vida, sacrificarlo todo, sin esperar otra dicha que la proximidad de tu cuerpo.
Sé que si hoy no consumo de nuevo mi deseo seré como un artista que renuncia a su creatividad, que desistiría de mí mismo.
Sé que lo nuestro no será duradero, que siempre hay una lejanía que nos separa, que nuestro cono-cimiento no es más que una aproximación, que soy incapaz de penetrar el misterio que esconde tu mirada, que nuestro amor no va a fundar hogares, que acabará con la destrucción de los amantes.
Sé que tras nuestra apariencia banal nuestro erotis-mo es una experiencia de locura y muerte, que este amor me está volviendo loco, que mi deseo no se conforma sólo con penetrarte, que busco sepultarte en mi piel, devorarte.
Sé que lo mío nunca se extinguirá, que sobrevivirá a cualquier contingencia.
Sé que acabaré mal. Que acabaré solo. Que acabaré ciego.
Pero te espero.
que veinte
Metamorphosis
Días extraños nos han encontrado, canta un desgarrado y lisérgico Jim Morrison en su disco Morrison Hotel. Pero ni siquiera él pudo imaginarse el cruce inverosímil de géneros, las maneras híbridas, el desbordamiento absoluto de los espíritus por el signo incontestable de este nuevo tiempo.
Una sociedad mediática, globalizada, multicultural, caótica, donde nada es cierto y sólo reina la probabilidad. Un siglo XXI que yo me imagino como un niño bajo la luz de un parpadeante fluorescente que se cuenta los dedos cada hora y siempre le salen once, o como una gigantesca caja llena de bombones rellenos de venenos o placebos, da igual, envuel-tos en llamativos papeles de colores.
Google procesando al día veinte millones de gygabites; ciclos de desarrollo tecnológico cada vez más cortos; nutrigenómica biotecnología, robótica, nanotecnología; pensar globalmente para actuar localmente; la conectividad constante y total.
Este futuro no ha llegado, ha irrumpido y lo ha vuelto todo del revés con unos mantras que pueden crear en la gente el mismo desconcierto, una idéntica desesperación, la análoga soledad que se puede sentir al estar en medio de una orgía y no lograr tener una erección.
Hemos salido directamente de las cavernas al espacio y enfrente tenemos más historia de la que podemos digerir, mientras las hienas de la incertidumbre ríen y ríen en un círculo alrededor.
En este mundo loco en el que las agujas de las antiguas brújulas tiemblan en sus guías y no aciertan a señalar el norte ¿quién entiende nada? El mercado intelectualiza la trivialidad, los intelectuales trivializan el pensamiento; alguien ha cortado con un alicate las alambradas de espino que antes separaban a Modigliani de una película porno, a las pizzas con anchoas del neorrealismo, a Montserrat Caballé de Fredie Mercury, a Charlie Parker de la Premier League, al mester de juglaría de los existencialistas, a Warhol de Platón. Y entretanto Balzac discute con Gauguin sobre la última entrega de Star Treck mientras se toman un café en Starbucks.
Pero nuestra esencia es la resistencia, el fortalecimiento de uno mismo, la supervivencia a toda costa, un ejercicio intransitivo de la voluntad que sólo aspira a mantenerse. Cada muro siempre es una puerta. Y para ello, para lograr identificar el espíritu del tiempo que mora en acontecimientos tan dispares a fin de alcanzar la comprensión de nuestra porción de mundo, a fin de perdurar entre la convulsión de los cambios, hace falta volverse proteico.
Copiemos la gramática de las formas, seamos esfera cuando hay que proteger, hexágono cuando se necesita pavimentar, espirales cuando se empaqueta, hélices para agarrar, ángulos para penetrar, ondas para comunicar, parábolas para emitir y recibir, catenarias para aguantar, fractales para colonizar. Seamos siempre aprendices.
metamorphosis
Bibliorretorno
Si no siembras libros, cosecharás cadáveres. Recuerda. Recuerda. La historia de los libros está iluminada por las hogueras de los censores de Roma, anegada por las cenizas de la biblioteca de Alejandría, por los crímenes de los bibliocastas en Grecia, por los esfuerzos de los emperadores chinos por eliminar el pasado, por las obras paganas destruidas por los primeros cristianos, por el pavoroso saqueo mongol de Bagdad, cuando las aguas del Tigris bajaban alternativamente rojas por la sangre de los habitantes y negra por la tinta de los libros arrojados al río; por los libros musulmanes y judíos expurgados en España, por los códices quemados en México, por las piras del Santo Oficio, por la censura de la Inglaterra puritana, por el Holocausto nazi, por las llamas de Sarajevo.
Si no siembras libros, cosecharás cadáveres. Recuerda. Recuerda. Eso me susurraban los tomos de la biblioteca pública de Oviedo, me lo musitaban como una oración, con la misma cadencia, con la misma esperanza de que los escuchase, antes siquiera de saber que yo sería escritor, mucho antes de sufrir mis primeras y aplastantes derrotas en incipientes intentos.
Recuerda, me decían mientras acariciaba sus lomos llenos de polvo, azules, ocres, marrones, rojos, y mi mente quedaba grabada con sus párrafos al igual que en Bizancio marcaban la piel de los herejes con fragmentos de libros sagrados mediante hierro al rojo. Recuerda.
Recuerda. Allí donde queman libros, luego quemarán a los hombres. Y salía y entraba de aquella biblioteca en una historia cuyo comienzo no recuerdo y que tampoco tendrá ya un final. Ni siquiera cuando muera, porque mis libros seguirán existiendo para que le susurren a otro incauto atrapado en sus telas híbridas e impuras, recuerda, recuerda, donde no hay libros, no hay memoria.
Y otro imprudente, y otro más que quedarán atrapados después de él, que querrán escribir los libros que devoran, que desearán perderse en ellos, hasta el punto de la chifladura, de la insensatez, de la irracionalidad. Una forma de alegría sin explicación, sin rumbo, ciega maquinaria que nos rodeará de más libros, para leerlos o para recrearnos en la futura lectura, para mirarlos, para acariciarlos, para olerlos, para conservar hasta la muerte esa angustia por saber, por perdernos más profundamen-te en el inmenso, inabarcable océano de saber humano.
bibliorretorno
Taitantos
Nos damos cuenta de que nos hemos hecho adultos cuando ya no nos riñen. O, de repente, un día por la calle nos piden la hora y nos llaman señor. O te sorprendes de que los mayores te traten como a un igual, y de que los jóvenes te miren desconfiados, como si de golpe algo les hubiera distanciado de ti.
Cualquier día te sacan una foto o te miras al espejo y ves un rostro que no acabas de conocer, y luego caes en la cuenta de que eres tú, y no te explicas ese cambio repen-tino, porque te sientes igual y crees que tus maneras son las mismas.
Entonces no entiendes a los demás, pero sabes que algo pasa. En breve empezará a gustarte que te digan que no debes pasar de treinta, y a ti te parece de perlas y no haces nada para contradecirlo, pero acaban por preguntarte y entonces aparece el conflicto, sí, alguno más de los que aparento, sí, pero cuántos, insisten, y acabas confesando la edad con la boca pequeña y pensando en Sara Montiel.
Te preguntas si lo de crecer es más fácil para las chicas, quizás ellas a través de la maternidad se conviertan en mujeres, lo quieran o no, y que los chicos, al tener que hacer la transición solos son un poco más vagos, pero no acabas de sacar conclusiones claras. Demi Moore hablaba de que su felicidad se basaba en el olvido de la juventud y en la celebración de la madurez, claro que tampoco explicaba por qué si la cosa era así se había operado de todo, por qué tenía un equipo de maquilla-dores que tarda dos horas en prepararla antes de cual-quier acto público y por qué se había echado un novio impúber.
No sabes, no acabas de verlo claro, y a veces desearías tener uno de esos cacharros que te guían por el mundo, donde introduces la calle, pulsas una tecla y te aconseja que te vayas poniendo a la derecha y que a doscientos metros gires a la derecha. Lo peor es que la edad ni siquiera te da sabiduría, sólo experiencia, y eso no acaba de servir de mucho.
Como le decían a Héctor en la Ilíada, la tristeza es nuestro destino, pero nosotros no tendremos el consuelo de que nuestras vidas serán cantadas para siempre por todos los hombres que vendrán.
taitantos
La navidad igual
...turrón, la Hanuká judía, el derroche lumínico, las películas religiosas, el Kwanzaa afroamericano, el consumismo desaforado, los Reyes Magos que se amalgaman con acrisolados recuerdos infantiles, el Yule neopagano, el espumillón, el Ramadán musul-mán, los nuevos modelos multiculturales, Papá Noel, las orgías de langostinos con vinagreta, el Potlacht del Canadá, los grandes intereses comerciales, los romanos celebrando sus saturnales, los compromisos sociales, los persas invocando a Mitra, la inercia ritualizada, los celtas decorando los árboles con guirnaldas, los anuncios llenos de polvo dorado, de nieve, los germanos encendiendo grandes hogueras... Al final, todo da igual, todo va más allá del espíritu de la Navidad, no es más que una ilusión, una falsa concepción cíclica de que todo termina y luego volverá a empezar para mejor, un engaño que expresa la convicción de que la esperanza sucede al desaliento, y la redención a la culpa, y la dependencia al odio, y el consuelo a la herida, y ...
la navidad igual
Confianza
Tenemos un pacto. Buscamos únicamente gente que nos cuide y con la que podamos ser débiles juntos. Gente de la que podamos aprender y que nos ayude a crecer. Gente que nos ame y que nos haga el amor, que nos llame por teléfono para ver cómo estamos, que nos animen, que nos critiquen de buena fe, que no nos puteen. Gente que se alegre de nuestros éxitos, que se emborrachen con nosotros y a la que podamos dejar dormir en casa con tranquilidad.
Gente que no sean ni cómplices ni compañeros ni asociados ni partidarios ni cortesanos ni conocidos. Sólo gente que desee ser nuestro amigo.
la confianza
Hans y Ringo
Tu amistad no se nutre de esperanzas, que es la amistad de los que se arriman a ver lo que cae, sino de recuerdos, que es la verdadera amistad...
hans y ringo
Las razones del fotógrafo
Cómo empezar. Quizás como en los títulos de las películas, enumerando a los protagonistas: 2001. Marzo. Doce del mediodía. Los Encantes. Barcelona. Más de seiscientas diapositivas en un mercadillo. La misma mujer retratada en todas ellas.
Un publicista holandés que las encuentra curiosas y las compra. De regalo, una película de ocho milímetros en la que también aparece la desconocida. Una idea: montar una exposición con una recopilación de esas imágenes. Un objetivo: conocer a la mujer y devolverle todo el material. Hasta aquí lo visible, lo anecdótico, incluso lo romántico.
A partir de aquí las conjugaciones de estados de ánimo, las confulgentes magias emocionales, el misterio. Y una palabra: tesón.
Firme, enfáticamente, el fotógrafo ha retratado a su mujer año tras año (etiquetando minuciosamente cada foto con la fecha y el lugar donde ha sido sacada). Por no saber, no sabemos ni su nombre, sólo que a ella le gustaba posar y a su marido fotografiarla. Por ello, es un documento anónimo, que invita a imaginar la vida de la gente, de los desconocidos con los que nos cruzamos cada día; aunque, de los dos, yo me imagino mejor al hombre, locamente enamorado, adorando más que retratando:
Tamarín, junio de 1956, ella en la playa, morena, algo entra-da en carnes, sobre una toalla; Lloret de mar, agosto de 1956, con camisa blanca, apoyada contra un coche; Bada-lona, junio de 1957, de perfil entre un maizal, con una rosa en la boca.
Me lo imagino un poco calvo, esmirriadito; un funcionario color gris perla, muy apañado, de ésos que no se sabe nunca si han sido jóvenes, que a falta de aliento artístico va perfeccionando su técnica a base de oficio, de voluntad:
Lafranch, julio de 1958, con sombrero de paja y unas gafas de sol, en una cala; Camp de mar, julio de 1959, firme como una estatua frente al mar; Formentor, julio de 1959, con falda floreada, sentada sobre una roca.
Estableciendo ritmos, concentrándose en las diversas partes del rostro, trabajando sobre ella, transformándola, ponte así, así vida, un poco más de lado, mientras ve pasar, desespera-do, la vida a través de su objetivo, y con la vida el tiempo que va deshaciendo el objeto amado, ahora siéntate allí, amor, sonríe, así, perfecto. Imagino el formidable pulso man-tenido a lo largo de lustros contra la licuefacción de la edad, haciendo, rehaciendo, apretando obsesiva, concentrada-mente el disparador; olvidando conscientemente que el tiem-po termina siempre por condenar al fracaso cualquier acción:
Andorra, marzo de 1960, con un anorak blanco, acostada sobre la nieve; Barcelona, marzo de 1960, de pie frente al edificio de Seguros La Catalana; Monserrat, septiembre de 1967, con camisa amarilla y una cordillera de fondo.
Mirando, constantemente mirando, sin pensar, sin preguntar, únicamente sintiendo, exactamente igual que medio siglo antes lo hiciera un Cezánne, un Pisarro, aunque él no tenga ni idea de quiénes son, ni falta que hace, ahora de lado, mi vida, justo, justo así, estás preciosa; un poco héroe, un poco santo, cambiando el carrete con rapidez cuando se le acaba, no vaya a ser que el tiempo se le adelante; yendo siempre un poco más allá, y un poco más, para lograr atrapar el misterio, para lograr su fijeza, como si ella pudiera morir menos de esa muerte que son las cosas arrastradas por el tiempo, levanta un poco la barbilla, cielo, un pelín más, por-que el mundo con ella es un sueño y, sin ella, es sólo el mundo, mira hacia aquí, amor, sonríe, sonríe, así, así, no te muevas, quieta, quieta, muy quieta...
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