La forma, pues; la línea, por lo tanto; entonces, la belleza, la fealdad, que están en las manos del tiempo. Es el tiempo quien las revela de un modo u otro: el tiempo estacional, con sus tonos, sus colores, sus ambientes…; el tiempo cronológico, que amarillea sobre retratos antiguos, sobre paisajes ya inexistentes, y que confirma la forma, conforma la belleza, porque en su transcurso hace que las cosas se vean de un modo o de otro.
Llego a la fotografía por curiosidad/necesidad, la de un niño de siete u ocho años que contemplaba con fascinación cómo un fotógrafo ambulante aparecía por su casa en Navidad y los retrataba a él y a su hermana, utilizando un flash/ovni, plateado y redondo, que emitía destellos terribles y cegadores. A los pocos días, llegaban a casa las fotos, un lustroso blanco y negro, mate, que traspasaba los ojos casi tanto como el viejo flash, convertidas en felicitaciones navideñas que su padre enviaba a la familia dispersa en la emigración americana y europea. Vino luego la primera cámara a casa. Una Halina que alguien le trajo a mi tía de Canarias, focal fija de 45mm., fotómetro integrado, todo un lujo, que el niño observaba de lejos (sin saber, por supuesto, nada de esto) pues no le dejaron tocarla hasta cumplidos los quince o dieciséis años. Su padre era quien la manejaba, y les retrataba en poses infantiles de día de Reyes, o de Ramos, o cualquier día de verano que, en el patio, cerca de las vías del tren, entre higueras, berzas y tendales, supusiera el brillo de la luz grisácea que siempre, entonces y ahora, envuelve a la cuenca del Nalón.
Después de desvencijar en numerosos viajes la entrañable Halina familiar, y una Kodak de aquellas que usaban negativos cuadrados y un flash de plástico al que llamaban “magicube”, llegó la primera réflex. Una Minolta que, acompañada de una ampliadora rusa (la más asequible que había en el mercado), fueron el equipo con el que descubrí que la fotografía no iba a ser sólo recuerdos de viajes, práctica vacacional, memoria de la infancia, sino una manera, junto con la literatura, de expresar creatividad, sentimiento (¿?), el sentido de la vida (si lo tiene). El blanco y negro, presente con obsesión en aquella época, me descubrió el poder de la línea, el poder del claroscuro, la fuerza del gris que rebaña la sustancia de los blancos puros y de los negros desolados. El poder de la forma. El poder la luz. Luego, las diapositivas en color me revelaron otro tipo de poder: el del paisaje que cría vida del prado, del mar, de la roca pelada; y también cómo el árbol habla desde su sombra, habla desde su luz, desde su colorido, para decir muchas y muy buenas cosas a la lente que lo contempla, absorto, tan fascinado, casi, como frente al flash redondo y deslumbrante (ovni) del fotógrafo ambulante en los últimos años sesenta.
Y fue así como nació todo. Porque de ahí al mundo digital, al nuevo descubrimiento de la forma que es la misma forma, de la línea que es la misma línea, que son la base de todo -que son la misma luz, el mismo poder de la línea, el mismo poder del claroscuro, la fuerza idéntica del gris-, llega, renacido, el blanco y negro y gris como presente activo que ha de llevar también al color, el mismo color.
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