Aún sigo despertando
Soy periodista, escritor y tengo 32 años. Autor de la novela 'Aún, me despierto', ganadora del Primer Premio de Novela Yoescribo.com, en el año 2002.
Publiqué la novela 'La paja en el ojo ajeno', en 2007. La obra fue presentada en Arrigorriaga y Madrid durante ese año. Además, escribo el blog 'El País de la gominola' en El País.
Mi última obra es la novela ilustrada que nació on-line a través del blog que lleva el mismo nombre. Su título 'El Hijo de puta cabrón'.
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El País de la Gominola
Libros que leer
'Aún, me despierto': narra la vida de Miguel, un bilbaíno viudo de 67 años, hipocondríaco y enamorado de su mujer hasta los huesos. A todo ello hay que unirle la trama que despierta en interés en él, un joven que quiere ser escritor y unos extraños vecinos a los que descubre en el mismo lugar y hora en el que ocurre un atentado en pleno centro de la ciudad.
'La paja en el ojo ajeno': Marcos, un cocinero de 26 años que vaga sin rumbo fijo en su cómoda vida, como tantos otros jóvenes del mundo. La obra hurga en temas como la orientación sexual, el egoísmo, la amistad, los malos tratos, las drogas, la infidelidad o el terrorismo. Además, todo ello va unido a una trama: el atropello que hace dos años truncó la vida del padre de Marcos.
'El Hijo de Puta Cabrón: Narra la vida de Sergio, un joven que se ve condenado a caminar una vida difícil, en la que tropieza una y otra vez sin encontrar su camino hacia la libertad y la paz. Cobarde, se deja llevar por las drogas, el sexo y la violencia sin pensar en las consecuencias. Buscar el equilibrio en su vida le empujará a recorrer el camino que nunca imaginó.
'Ceguera': Narra la historia de dos jóvenes que inician de la mano sus vidas, desde la infancia, llegando a parecer su futuro inseparable. Aparece el amor, golpea en la puerta, pero como toda historia de enamorados, la llave perfecta no existe. El amor tiene espinas, y aquí el lector descubrirá la herida por sorpresa, como ocurre siempre al ser humano enamorado.
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LA NIÑA DE LAS AGUJAS DEL NÚMERO 3
Capítulo I
Por las frías y vacías pupilas de sus ojos se descolgaba un fino hilo de sangre. A sus inertes y finas agujas se aferraban los ojos de su víctima, ciegos; apagados. Eran como dos pequeñas cebollas desnudas; sin piel. Su doble trofeo despuntaba obediente, clavado a su arma. Ambas destilaban aún densas gotas de la sangre caliente de su madre. El cuerpo yacía muerto a escasos metros de mí y a nimios centímetros de ella. Me ahogaba aquel ambiente incómodo; inédito en mi vida. El pánico me abofeteaba una y otra y otra vez, de izquierda a derecha sin cederme un resquicio de aire que me permitiera aferrarme a alguna reacción. Cuando conseguí disparar un par de neuronas por las carreteras secundarias de mi cerebro, meramente logré dar un paso atrás, pero aún me invadía en exceso la torpeza. El terror impedía agilidad a cada uno de mis músculos. No me mecía con soltura en aquella habitación adolescente.
Examiné su presencia. Silenciosa. Ella permanecía de pie, sin siquiera pestañear, exponiendo con indiferencia su terrorífico acto; satisfecha en la neutralidad que emanaba su rostro. Era demasiado aterrador; ficticio. Parecía más delgada en la sombra, lejos de la luz de estudio que tantas tardes nos había cosido en cierta manera. Emanaba serenidad, y sin que ninguno de los que aún permanecíamos con vida dijéramos una sola palabra, mantenía las agujas a la altura de sus diminutos pechos, imperturbables, presas por sus anoréxicas manos. Atesoraba un pulso gélido; casi inerte. Y en su carné de identidad sólo había trece años de vida.
La misma Eva dulce y tímida que tantas tardes había oído reír con una suavidad infinita mientras escondía los dientes con las manos para esconder su aparato dental, acababa de cometer sin piedad el crimen de su vida. La misma que, cuando le explicaba la lección, posaba una de sus manos con suavidad en mi brazo; idéntica que su madre. La misma que con mimo pelaba una manzana a media tarde y se la comía en pequeños trozos cortados casi de manera matemática. Era la Eva que un día sopló una vela de cumpleaños sobre una enorme magdalena de chocolate ante mí confundida mirada. Jamás vi en ella un mal gesto, un grito, un taco o un aspaviento de rabia, enfado o desprecio. Siempre me pareció una niña dócil, débil, sensible y feliz. Y sin embargo, en apenas cuatro minutos, había logrado clavar las agujas a su madre, desencajarle las pupilas y venir a mostrármelas con la sangre aún latiendo en el aire. Yo estaba allí, sin poder dejar de mirar la escena ni un instante. La observaba sin pestañear. No me planteaba la razón de lo ocurrido. Tampoco las consecuencias del asesinato. Mi cuerpo permanecía de pie, inquieto pero inmóvil. Me sentía atrapado en otra dimensión, muy distante de mi habitual realidad. Buscaba un fino hilo de cordura que me despertara. Analizaba cada uno de los detalles de la escena en busca de la ficción que me aliviara, pero todo se enhebraba con excesiva veracidad.
La puerta que separaba la habitación del pasillo permanecía abierta de par en par. Ella vestía sus habituales pantalones morados de pitillo, una camiseta verde que hacía mención a una ONG protectora del medio ambiente y sus zapatillas converse negras. A su derecha quedaba la mochila de tela anaranjada que colgaba a su espalda, y de la que emergían aquellas famosas agujas del número 3. Con ellas tejía pequeños muñecos de lana que acumulaba en la habitación y aseguraba vender a sus compañeros de instituto. Yo tenía uno de sus muñecos, recordé de pronto al ver dos ovillos de lana de color rojo sobre una estantería. Lo había hecho idéntico a mí. Había logrado plasmar el color y la forma de mi rostro, y mi pelo castaño y alborotado. No había olvidado mis gafas para la vista, y me había vestido con una de mis habituales chaquetas de lana, unos pantalones azul marino y mis zapatos marrones. Aquel entrañable regalo, de repente, me horrorizaba.
Estuve a punto de decir su nombre en voz baja para sustraerla de la hipnosis, pero me abstuve. Eché un vistazo atrás. Caía la noche y apenas una luz artificial se colaba por la persiana. Dos libros de literatura, abiertos y luciendo fosforitos verde y rosa, descansaban a mi espalda ignorando todo lo sucedido. Junto a ellos, bolígrafos de colores, un lápiz y un cuaderno a la espera de concretar la rima y medición de varias estrofas líricas. Ella continuaba enfrente, tan albina e introvertida. Sus pies se posaban sobre el parqué, junto a un extraño y libre riachuelo de sangre. Relajada e impasible, abstraída de la habitación que nos había unido por primera vez, dirigía la mirada al frente, desnuda de sentimientos.
Tenía que actuar. No podía permanecer más tiempo allí. Los minutos caían uno sobre el otro y nada acontecía. Sin embargo, cuando la adrenalina nubla la mirada y la sangre que se observa parece real; se resbala veraz por el parqué, e incluso huele a auténtica, uno actúa por impulsos, como en el sexo, sin lógica. Yo, que desde que alcancé mi madurez siempre me consideré una persona tranquila, fría, que prosperaba en la vida con los pies bien adheridos al suelo, midiendo con minuciosidad cada uno de mis pasos, pensando hasta tres o cuatro veces en las consecuencias antes de actuar, me veía desbordado por una niña de trece años. El gran aprieto se complicaba debido a que el extraño revolcón que me tenía mareado había arrancado hace meses. Aquel crimen había sido el gran centrifugado. Descolocado, una punzada en el estómago despertó mis nauseas, mi vértigo.
Aceptar aquellas clases particulares y obtener una paga extra que me ayudara a pagar la letra del coche cada mes, me pareció entonces una buena idea. La amistad con su madre a través de una amiga me hizo decir que sí. Meses después, nada me parecía una buena idea. Mi Fiat Punto esperaba ansioso desde hacía diez minutos.
No había marcha atrás, pensé. Mi paso continuaba indeciso y huir iba a ser un difícil camino. Tendría que deslizarme entre Eva y su madre muerta, atravesar la escena del crimen, el charco de sangre que poco a poco era absorbido por la alfombra. ¡Qué demonios! Sin lucha no hay victoria, dicen. Aunque sin ella tampoco hay derrota; la cobardía volvía a abofetearme. Me gustaban mis ojos y también las gafas de pasta de 200 euros que compré con mi novia una tarde después de pasear por las Ramblas de Barcelona. Aquellos cristales con dos dioptrías y media los protegían, me enjuagaban la vista y me hacían una persona intelectual e interesante. Si bien, a la niña le veía capaz de atravesar mi escudo ocular y alcanzar su objetivo. Aquella ejecución me parecía más espeluznante. Temblé.
Di un paso. Mi cuerpo crecía a su lado. Mi sombra aún era mayor sobre ella. Mi fuerza, sin duda, era instrumento suficiente para dar al traste cualquier intento de ataque. Di otro paso. Todavía sentía pavor. Me faltaba confianza, la que hace fuerte a cualquier ser humano cuando actúa como contrincante.
-Eva susurré de manera involuntaria.
El silencio continuó. Apenas creí ver un espasmo en su rostro. Intuitivamente también di otro paso hacia ella; la salida. Ya podía oler su perfume a frambuesa, dulce, mezclándose con ese agrio olor a muerte. Me aferré a la silla que tantas veces hacía utilizado. ¿Podría utilizarla como arma?. Su firmeza me otorgó una inyección de seguridad.
-¿Qué has hecho, Eva? Pregunté elevando la voz olvidándome de los susurros.
De inmediato se desplomó. La pared sujetó la caída. Su espalda se posó junto a una estantería repleta de libros. Su cuello también perdió el equilibrio convirtiéndose en una mera espiga de chicle, y acto seguido, la cabeza chocó feroz contra la pared. Sus dedos se volvieron inertes; frágiles, y con ello, las dos agujas sangrientas, junto con los dos ojos, que se descolgaron y cayeron hasta hundirse en el suelo viscoso.
-¡Eva! Grité.
Di dos pasos hacia atrás y dos hacia delante a una velocidad palpitante. Me agaché buscándole la cara. Ella, desde una ortodoxa posición, de cuclillas, pegada a la pared, alzó la cabeza y me clavó su furia en un inédito e inhumano encaro visual. Golpeó con las manos abiertas el parqué, la sangre explotó y una infinita lluvia rojiza nos embadurnó las miradas de sangre. Me retraje y ella comenzó a chillar.
-¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio!
Sus lagrimas se unían con facilidad a la sangre de sus mejillas blancuzcas y el azote de terror, esta vez sí, aún oyéndola gritar, no me hizo dudar y huí.
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EL HIJO DE PUTA CABRÓN
Recuerdo que estaba en pelotas, en medio de un valle. Era la Sierra de Madrid. Hacía frío. El escenario azul y blanco. El viento silbaba helado. Los dedos de mis pies habían tomado un color azul con tonos lilas que me daban pánico. La nieve se derretía y colaba entre mis largas uñas. ¿Lo tuve merecido? Mi nombre es Sergio. Entonces tenía 25 años y estaba a punto de ser devorado por una serpiente hija de puta...
Recuerdo aquella escena una y otra vez cada vez que me follo a una mujer. Aún lo hago. Me salen heridas en la lengua cuando digo 'hacer el amor'. No escarmiento. Sigo siendo lo que todas creen, pese a que en aquel instante creí que tenía un narcisista y vergonzoso final en bandeja. Lo viví en mi cabeza infinidad de veces. Y sin embargo, fue un final peor. Aquella cabrona, junto a su amiguita, descubrió todo. Y el merecido que yo no vislumbré fue el que ellas apenas idearan en dos minutos de café. Esta es mi historia. Cinco años sin sentimientos, buscando el sexo fácil, la mentira intrínseca y externa como eje de mi vida. Hoy, recluido en una paz difícil de explicar, he decidido que voy a revelar todo lo que me ha llevado a ser como soy. Un Hijo de Puta Cabrón, con mayúsculas, por supuesto.
LA JAULA
El caos se inyecta en mi cerebro. Cada voz que escucho me perfora y raja la piel como una fina aguja infectada. El veneno entorpece el dulce fluir de mis venas. Ellas viven en mí, anudadas, gordas y torpes por la coca cola, que por sexta vez en este día, vuelve a caer en mi corazón sobreexcitado. Cada día son cerca de noventa agujas. Distintas todas ellas e idénticas. Paradoja inexplicable. Cada aguja una voz telefónica que repiquetea única e irrepetible, y sin embargo, todas similares. Cada herida me ensordece la vida durante un eterno tiempo aproximado de cinco minutos. No grita mi voz. Sólo adormece el chillido que aterriza afilado en mis oídos. Y durante la inmersión, la guerra no cesa un instante. El dolor chilla en mi cabeza, aúlla en mi respiración. Busco la salida; desatarme, huir, pero el nudo se aferra imposible a su forma y yo continúo preso en aquella jaula invisible y repetitiva. Cada trabajador la suya. Cada jaula, un mínimo espacio para el ser humano. Cada cárcel su dolor. Apenas tres pausas, un suspiro, un puñetazo sin destino, un descanso en soledad, y un regreso presentado por el timbre telefónico y redoblado, anunciando una nueva picadura a mi intelecto corazón.
Matar. El verbo se ha convertido en un hecho en mi cabeza. Lo he experimentado en infinidad de ocasiones. Imaginarlo me relaja. Ejecutarlo, me excitará.
Poner un adiós al declive de mi vida y llevarme conmigo a todos los que decidieron zancadillear mis ocho horas diarias. Inevitable los daños colaterales que eliminarán vidas inocentes. Masticar ese explosivo instante en mis neuronas despierta un cosquilleo en mi inaudito. Erecta mi polla entre el cableado que recorre mis gordas nalgas, quisiera follármela, apretar el botón y morir juntos. Rota nuestra piel y confundida nuestra sangre en una sola. Aunque al tiempo, la excitación es contradictoria. Digerir la realidad me ofrece un amargo sabor que estremece; miedo. La muerte late atada a una cuenta atrás en mi organismo y siempre existe una minúscula duda.
El segundero ha comenzado a caminar hace escasos unos minutos. Me sudan las manos. Los dedos gordos no encuentran su sitio ni la calma Mi corazón corre más que los segundos de mi reloj; de mi muerte. Aprisa. Parece no llegar a tiempo a su destino y bombea cada vez más veloz Me siento desnudo de intenciones. Y en cada gesto ajeno, veo que todas pueden ser capadas en cualquier instante. Y todas, sólo es una: Matarles a todos.
El sándwich de hoy sale fresco cuando el reloj se aproxima a las dos de la tarde. Es el preludio a una decisión masticada con suavidad. Los últimos minutos antes de que inicie el acto; el espectáculo. Suba el telón, muestre las cartas y sorprenda al público. Actor del método. Vivirlo para sentirlo y hacerlo para vivirlo. Nunca la realidad fue tan increíble.
El tacto de la miga se pega al paladar como una quemadura. Descorcharlo requiere una difícil maniobra de la lengua. Me obliga a emplear la fuerza. El mismo esfuerzo que acometer la locura de dinamitar esta pequeña comuna laboral. Allí, sobre mi silla, frente a una mesa amplia y circular, vuelvo a masticar y digiero. Me miran, me ignoran y en la soledad fijo uno de los cartuchos a mis muñecas. Una obra de arte explosiva elaborada en la soledad de tres días. Una medida tecnología asesina que al final de mi jornada firmará el finiquito de muchas vidas; la mía. Quiero castigar con las heridas del odio el desorden que el entorno ha provocado a mi mundo. Nadie lo espera.
Cinco años y un interminable castigo. Una tortura que a diario levanta cada centímetro de mi piel con un dolor incurable. Una afilada aguja la descose puntada a puntada, desangrando mi paciencia. Atrapado en un lóbrego pozo del que no sé, ni tampoco quiero ya salir. La luz me ciega. Escondo mi cabeza, cierro los ojos y únicamente espero que el instinto irracional explote dentro de mí. Un despido, una crisis, la soledad inesperada por la distancia evidente de caracteres; y en los posos de nuestro vaso, una hija que aún apenas sabe pronunciar mi nombre. Su evolución vital chocó con mi estancamiento y propició la rotura. Después, el abandono me empujó a adquirir de inmediato una nueva compañía doméstica que saciara la carencia económica, vital y sexual. Vacío el amor, únicamente necesidad. Ella me ama, y yo la utilizo como apoyo a mi cojera emocional. A menudo, su pronta aparición fue la medicina infalible que curó mi débil estado de ánimo. Ella ha retrasado varios años la derrota de mi vida. Un sublime egoísmo; en absoluto único en este planeta. Mi vida ha desencadenado la locura.
Con el fin de la ayuda económica estatal, caí preso en la jaula de aquella desconocida profesión. Hoy, los grilletes queman, y apuran su existencia mientras no cesa el parpadeo de mi reloj.
Cuando la jornada de ocho horas finaliza, y el teléfono se apaga, la cicatriz monótona y repetitiva fusila como un eco interminable mi intelecto. Aniquilada mi calma, disfruta con la gula el estrés. Centímetro a centímetro, heridos todos los poros de mi piel. Hieren las quejas incansables, las noventa llamadas que envisten y exigen sin tacto ni decoro, y la dificultad de imponer la razón. Me derrota; sin fuerzas. Noventa veces repitiendo una idéntica frase de entrada y despedida con el usted por bandera; escupiendo una hipócrita amabilidad. Ofrezco un servicio de cartón piedra que una suave brisa destruyo. El bonito decorado esconde, al otro lado, sucia realidad; ficticia, falsa y autodestructiva. Al tercer mes, dejé de creer.
Hoy, la sangre me late en el pecho a una velocidad que marea cualquier verticalidad. Sentado, sudoroso, impaciente y nervioso, digiero el vértigo de mi decisión. La yema del dedo pulgar inquieto y húmedo acaricia deseoso el botón verde que se esconde en mi muñeca. Resta un gesto sutil que firme el finiquito a las innumerables mañanas que he odiado. Desde la cama, emergía el infierno mientras tarareaba mi despertador su idéntica melodía.
Imagino y sonrío. Miro al vacío. Sus pieles nazis quedarán resquebrajadas, rotas y sangrientas por la metralla que les escupirá en la cara. El artefacto de mi cintura esconde impaciente una incalculable rabia asesina. Inevitable una mueca que sonríe desde mi mirada, que regresa a la realidad. Es mi final; el nuestro; el de todos; el deseado.
Digiero la última bola insípida del sándwich. Finiquito un sorbo de coca cola. Noto que me suda más la entrepierna; donde se enreda el cableado de mi piel. Los muslos se rozan al caminar. He descuidado mi físico convirtiéndome en un ser humano excesivamente gordo. Una servilleta de papel recoge todo el sudor de mi frente. Me deshago del envoltorio y de la lata metálica lanzándolos con suavidad a la papelera. Extraigo una nueva, chasquea la anilla, bebo y miro el reloj de mi muñeca. Restan veinte minutos. Miro alrededor y descubro la ignorancia de los acontecimientos inmediatos. Me ahoga la felicidad. Ha llegado la hora del espectáculo.
La decisión me apresó con firmeza la mañana que desperté con un fuerte dolor de cabeza, un vómito reseco junto a la cama y los ojos lacrimosos y heridos por el descontrol de la noche anterior. Verónica dormía desnuda, fea e insatisfecha a mi lado. La resaca era una catarata fría de ira que retorcía mis intentos de comodidad bajo las sábanas. Dolía en exceso el día después de mi veintiséis cumpleaños. El sabor del agua, ahogándome la piel, despertaba en mí imparables nauseas. En el espejo descubrí una ficticia calvicie, un vello feo, descuidado y excesivo en mi pecho, mi prominente barriga, y bajo ella, escondido, mi flácido pene. Sobre la humedad de los azulejos, viendo como el peine me robaba los pelos, decidí morir; necesitaba asesinar. No quise valorar las consecuencias. Era el momento de trazar el camino hacia la palabra fin. Mi entierro en paz, feliz, y abrazado al odio que en vida me envenenó. El deseo de descuartizar el desprecio laboral; de aniquilar el vacío de mi vida; de fusilar los latidos de los compañeros de un trabajo que aborrecía coléricamente.
Paraísos perdidos:
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Cosido letra a letra desde la ironía más sarcástica por Daniel Diez Crespo, periodista y escritor de 32 años. El blog, nacido en 2008, aún busca su camino de baldosas amarillas con destino a la casa de chocolate. No sé hacia donde derivan cada una de las letras que emergen cada semana. Por eso, están invitados a descubrirlo e interpretarlo con total libertad.
El País de la Gominola es una reflexión sobre el entorno que nos rodea. Un mordisco dulce o agrio a nuestro mundo particular. Un azote a aquellas personas que esquivan la realidad, que la pintan a su modo, que la disfrazan o que simplemente huyen de ella. Un azote a la mentira. Letras que tratan de afrontar cada uno de nuestros verdaderos actos, y desenmascarar injusticias sin importar el tamaño ni las consecuencias.